domingo, 22 de julio de 2018

Un año de Rock

Este año ha sido difícil para mí. A partir de cierta edad, cuando los años llegan a un número redondo, siempre es peliagudo aunque, sin duda alguna, esta vez ha sido la peor. Cuarenta años, madre mía.

Supongo que cada uno lleva la crisis como puede. En mi caso, lo reconozco, he tenido cierta regresión a la adolescencia, incluida una vuelta a mis gustos musicales más cañeros. Nunca me ha dejado de gustar el rock, ni el metal, pero, como mucha gente alrededor mío,ha comprobado, he vuelto ha escuchar completamente entregado a bandas que hacía muchos años que no lo hacía.

Precisamente, como consecuencia de esta regresión y sumado a que no me van ni los coches ni las motos, caprichos típicos de las crisis de este tipo, durante este año me he sacado entradas para prácticamente todo concierto, festival y evento que he tenido oportunidad.

Así, justo ahora que se me acaba la cifra redonda, me he propuesto hacer balance de lo que ha supuesto este año que, tengo que ser sincero y aunque a veces me queje, no me lo he podido pasar mejor. Voy a intentar contar, en distintas entradas del blog, mis experiencias vividas en todos estos conciertos. No me lo he planteado como una serie de críticas especializadas, porque para eso está la prensa, y tampoco lo voy a hacer por orden cronológico. De hecho, voy empezar por casi el final.

¡Espero que os guste!

Download 2018. All aboard!!!!


El tercer día del festival Download 2018, el sábado 30 de junio, ha sido el día que mejor me lo he pasado en un festival. Probablemente no el mejor concierto individual, pero en conjunto, no tengo la más mínima duda. Al último día de un festival siempre se llega un poco cansado. Además, a finales de junio y para cuando empieza lo bueno, es todavía de día y hace un calor de muerte. Así que de tranqui, pensamos y, aprovechando el momento, nos pasamos por los escenarios pequeños que hasta entonces habíamos pisado poco.

Llegamos para ver acabar a Ego Kill  Talent que, por lo poco que vimos, suenan muy bien. Para cuando terminaron había ya mucho movimiento en el escenario 4, así que nos acercamos. Al principio, observamos curiosos mientras nos informábamos de quien era el siguiente; Crossfaith.

¡Japoneses, toma ya, qué exótico! Muchos nos sonreímos porque, además, acababa de leer en la app del festival que era una de las bandas más  “impresionantes del planeta”. ¡Nada menos!

Pocas ganas, pocas expectativas, una cerveza y a ver a Volbeat, pensé. Por todo esto, no es fácil describir lo que pasó en los siguientes 40 minutos. Quizás el siguiente vídeo os ayude a entenderlo mejor. 




Nos dio igual la hora, el calor y lo que nos quedaba por delante. Sin sabernos ni media canción, acabamos dando botes como locos mientras todo el que pasaba por allí no sólo se quedaba, sino que también empezaba a dar saltos, contagiados por la energía y el buen rollo que desprendían los chicos japoneses. Algunos dicen que el Rock es una actitud, ¡pues Crossfaith  tiene actitud para dar, regalar y aun les sobra! 

Una recomendación. En estos festivales grandes, pasaros por los escenarios pequeños, dad una oportunidad a estas bandas que tienen todas las ganas de comerse el mundo y, encima, se suelen mostrar tan agradecidos como si el favor se lo hicieras tú a ellos. Vamos, igualito que Bullet for my Valentine, aunque ya tendremos tiempo para hablar de eso en otra entrada.

Con una sonrisa en la boca nos fuimos hacia el escenario principal. Volbeat es una banda que le gusta a todo el mundo y no me extraña; divertidos, rápidos, buenas melodías y una voz muy potente. Por ejemplo, mi hija de siete años se sabe el “Fallen” de pe a pa y a mi mujer le encanta “Devil’s bleeding crown”, con la que empezaron el show.


Desde luego no defraudaron, suenan fenomenal y el cantante, Michael Poulsen, está en plena forma. Sonaron grandes temas como “Lola Montez” o “Black rose” hasta acabar con “Still counting”. Lo único malo es que se hizo corto.

Es lo que pasa en los festivales, quitando los cabezas de cartel, los demás no suelen llegar a una hora. Además, en el caso del Download, muchas de las bandas punteras como Volbeat empiezan alrededor de las 20:00. En mi opinión, estos horarios les hacen lucir poco, sobre todo teniendo en cuenta que es un festival que para la 1:30 ya no tiene música en directo. No sé, a lo mejor se podrían replantear los horarios como en otros festivales, donde los directos aguantan hasta las 2:30 o 3:00 de la madrugada.

Según acabó Volbeat, nos movimos un poco encarando al escenario número 2. Enseguida empezó el tercer concierto del día; Judas Priest, otro grupo con solera y clásico donde los haya. No les había vistos nunca y, aunque tampoco puedo decir que sean mis favoritos, sí que tenía muchas ganas de oírles. ¿Quién no tiene en la cabeza su imagen medio sadomaso? Son los reyes del cuero, las tachuelas y los movimientos de cabeza y guitarra acompasados.

Lo primero que me sorprendió fue lo viejo que parece Rob Halford y lo grande que le está la ropa, eso sí, sin faltar la tachuelas, flecos y pinchos. Pese a todo, y no menos chocante teniendo en cuenta su edad, es el buen estado de la voz del cantante que estuvo a muy buen nivel. He de reconocer que no he escuchado mucho los últimos discos de los Judas por lo que para mí, el concierto fue de menos a más, cuando fueron cayendo las canciones de toda la vida. No sé si es porque es mi favorita, pero el “Painkiller” fue increíble. Aquí os dejo un vídeo de la canción como sonó aquel día.


Aprovecho el concierto de los Judas para una pequeña reflexión. El Rock siempre ha sufrido y, desgraciadamente sigue haciéndolo, trágicas pérdidas por excesos de todo tipo, algún crimen y una terrible epidemia de suicidios. Sin embargo ahora nos encontramos con un escenario nuevo, que simplemente consiste en que muchos se están haciendo viejos, muy viejos. Glenn Tipton el guitarrista de Judas ha tenido que dejar la banda por que sufre Parkinson, si bien, es cierto que tuvimos la oportunidad de verle tocar “Metal Gods” con la que le homenajearon en el Download.

Todos sabemos lo que le ha pasado a AC/DC con Malcolm Young o Brian Johnson. Tendremos que acostumbrarnos a estas cosas aunque, lo que me preocupa, es que ahora mismo no veo que haya posibilidades para un verdadero relevo generacional. Mirad los carteles de los grandes festivales donde bandas como Kiss, Scorpions, los propios Judas o Iron Maiden siguen en lo más alto del cartel. No digo que no quiera ir a verles, ¡en absoluto, me encantan!, pero no tengo claro que hoy por hoy tengan un relevo de garantías y tampoco sabemos cuánto les queda en activo.

Hablando de gente que está empezando 😉, nos quedaba todavía Ozzy Osbourne en el horizonte. No sabía que esperar del concierto, porque de Ozzy se puede esperar cualquier cosa. ¿Estará  en forma? ¿Se comerá otro murciélago? ¿Se acordará de que hoy tocaba aquí? ¿Recordará las letras? ¿Será uno de esos días de apoteosis? En fin, después de haber leído tanto sobre él, me esperaba cualquier cosa.

Aun así, tenía buenas sensaciones. El cantante de Avenged Sevenfold ya nos había advertido un par de días antes; “no os perdáis a Ozzy”. Buena señal, aunque después de haber visto a Guns and Roses y la actuación de Axl, tampoco me fiaba del todo. Ozzy tiene, entre suyos propios y con Black Sabbath, una decena de temas que me encantan, por lo que me hubiera conformado con escuchar en directo algunos de ellos. Sin embargo, no me hizo falta conformarme porque nos ofreció un concierto memorable donde pude comprobar lo grande que es él y la banda que le acompaña, en especial, ese monstruo de la guitarra que es Zakk Wylde.


Ahí estaba Ozzy, con esa forma de moverse por el escenario, no mucho tampoco, algo encorvado, con las manos hacia delante y cara de pillo, recordándote un poco a Chiquito de la Calzada. Se ganó a la gente poco a poco, tema a tema, sin prisa pero sin pausa, hasta que la comunión con el público fue total. Quizás sea menos complicado cuando tienes en tu repertorio canciones como “Crazy train”, “Shot in the dark” o “Mr. Crowley” y a esa gente tocando contigo, aunque no se le puede negar que, más o menos predispuestos desde el principio, todos nos fuimos rindiendo al talento del de Birmingham. Para mi gusto, fue el mejor concierto de todo el festival y los hubo muy buenos. 

Me parece muy revelador ver cómo varias generaciones fliparon con el show. Porque allí había gente de edades muy dispares. Yo mismo no había nacido (y me quedaba todavía) cuando Black Sabbath sacó el Paranoid (última canción del concierto, ¡imposible acabar mejor!) y allí estábamos todos, desde setentones hasta adolescentes, coreando el nombre de Ozzy.


Para acabar una anécdota de lo que nos llevamos aquella noche. Después del concierto nos fuimos a comer algo y delante de mí, haciendo cola en el puesto de comida, había un chico de unos veintipocos. Cuando llegó su turno, este le dijo al que atendía aquello:

“Una brocheta de pollo, una de cerdo y ¡viva Ozzy!”

Pues eso, ¡que viva Ozzy!