miércoles, 12 de septiembre de 2018

North Walsham Beer Festival


Después de asistir a unos cuantos festivales grandes, ir a un festival de una pequeña ciudad en la costa de Inglaterra fue todo un cambio. Aquí, en la Inglaterra rural, estos festivales veraniegos son muy populares y prácticamente cada pueblo, incluso el más pequeño, tiene el suyo propio. Sin embargo, no se puede negar el gran poder de convocatoria que tienen y la cantidad de gente que reúnen. También se bebe, se come, se baila, hay verbena, ¡vamos como en las fiestas de tu pueblo! Aunque, eso sí, con algunas diferencias notables;

1. Tienen un formato clásico de festival de música.

El festival empieza y acaba del tirón, es decir, independientemente de lo que haya alrededor, feria, concursos, etc., siempre hay alguien tocando en el escenario. Claro que aquí, como en todas partes, también hay que tener en cuenta el caché, aunque de esto ya hablaremos más adelante.



2. Se saben todas las canciones (y las cantan bien, claro).

Primera diferencia importante. Como en toda verbena, las bandas tocan los grandes éxitos locales, en este caso, toda una selección de Brit-Pop y Rock. En España, cuando te tocan una en inglés, e incluso en algunos conciertos (yo no me sé, ni mucho menos, todas las canciones de las bandas que voy a ver), en muy normal apañarte con “I wanna aaaah, youuu, yeaah, nanana naaa”. Tengo un amigo que dice que, para estos casos, la combinación “whatever and ever” pega prácticamente con cualquier melodía.

Vale, estos trucos están bien, en casa, ¡pero es que aquí se las saben todas y las cantan perfectamente! Así que a aguantar el tipo y a sacar recursos, que se tienen que notar todos estos años haciendo “listenings”. Es más, creo que deben incluir un festival de estos en los cursos de “full inmersion”, porque hay que currárselo para dar la talla.

3. Todo parece más “cool”.

Los ingleses cuidan mucho la imagen de las cosas y todo te lo explican como si fuera algo realmente notable y singular. Aunque al final es prácticamente lo mismo, lo parece un poco menos si en vez de ir a ver a la “orquesta”, vas a ver a una “banda de versiones” (mira, por ejemplo, a Guns and Roses o Marilyn Mason, que para mucha gente son justo eso).

Otro aspecto a tener en cuenta es la propia imagen de las bandas. Por ejemplo, la que era cabeza de cartel (creo que fue la única que cobró algo por estar allí) tenían una estética entre Blur y Oasis (dependiendo del integrante) que era muy resultona. Te da la sensación de estar en un concierto, que es realmente lo que es, y no como en casa, donde el estándar de verbena parece sacado de un programa de José Luis Moreno.

En resumen, ¡menos lentejuelas y más “casual”! O lo que sea, pero menos rancio.

4. El repertorio podría ser tranquilamente la lista de reproducción de un hípster.

Esto también podría estar asociado al punto anterior sobre todo porque, teniendo en cuenta los temas que se marcaron, podría haber sido un resumen de los mejores momentos del Mad Cool. Se escucharon temas de Artic Monkeys, Depeche Mode, Franz Ferdinand, White Stripes, Kaiser Chiefs, además de Oasis, The Verve, Pulp o Blur.

Aquí, recortamos distancias en cuanto a “coolness”; los “outfits” de los asistentes al Mad Cool, nada que ver con las pintillas estándar del North Walsham Beer Festival, ¡chúpate esa Victoria Beckham!

Pensando un poco, con lo bien que tocan estos chicos, su repertorio y todo lo demás que hemos dicho, podrían triunfar en las mejores fiestas hípsters y culturetas en España. El Mad Cool pero un poco más low-cost. Ahí lo dejo.

5. Las abuelas son rockeras.

Esto es, sin duda, herencia de la cultura musical de este país. Aquí la gente más mayor, que ya flipaban con los Beatles y los Rolling Stones, se lo pasa pipa con las canciones más rockeras. Si bien la gran mayoría de las canciones están muy lejos de ser de su época, seguramente la eclosión de la cultura pop de los años 60, les hace ser mucho más receptivos a lo nuevo y, como pude experimentar, a disfrutarlo.

Esta herencia hace que la música tenga mucha importancia en este país. Desde luego no es mi modelo de sociedad favorita, pero las oportunidades que tiene aquí la gente más joven de poder tocar en público están muy bien y, en mi opinión, marcan la diferencia.

De hecho todas las bandas del Festival eran locales (hasta la que cobraba) y mi amigo inglés me iba contando; “con ese iba al colegio”, “con el otro tuve una banda en el instituto” o “aquel es amigo mío de toda la vida”. Ya va siendo hora que las nuevas generaciones de músicos españoles salgan de otros sitios distintos de un “Talent Show”.

6. Los festivales suelen estar asociados a “otra cosa” además de ser benéficos

Que sean benéficos está bien, así hagas lo que hagas, lo harás por una buena causa. Luego, aparte de música, suelen tienen otro motivo añadido. El año de pasado estuve en uno que era Food & Music Festival y este año era directamente Beer Festival. Podías elegir entre 50 cervezas locales, muy artesanas todas, cada una de ellas aportadas por un patrocinador distinto, que competían entre ellas a ver cuál tenía menos burbujas, menos espuma y estaba más mala. 

Si me hubieran preguntado a mí, diría que ganó una que directamente parecía café y sabía a rayos. Ojo, todo muy ordenado, que hasta te daban un papel donde podías apuntarte las que te habías tomado, supongo que para no repetir. 

Siempre me sorprenderá que la cerveza esté más caliente que la temperatura ambiente; “la temperatura ideal para una ale” me dicen siempre. Aquí, les ponían una especie de mantita por encima a los barriles, no fuera que se enfriasen un poco.



Hasta aquí mi participación en los festivales rurales ingleses, los cuales, os recomiendo de corazón. Buena música, buena gente y toda una experiencia que os ayudará a entender mejor a un país como Inglaterra, que no hace más que empezar donde termina Londres.

¡Os veo en la próxima entrega!

domingo, 22 de julio de 2018

Un año de Rock

Este año ha sido difícil para mí. A partir de cierta edad, cuando los años llegan a un número redondo, siempre es peliagudo aunque, sin duda alguna, esta vez ha sido la peor. Cuarenta años, madre mía.

Supongo que cada uno lleva la crisis como puede. En mi caso, lo reconozco, he tenido cierta regresión a la adolescencia, incluida una vuelta a mis gustos musicales más cañeros. Nunca me ha dejado de gustar el rock, ni el metal, pero, como mucha gente alrededor mío,ha comprobado, he vuelto ha escuchar completamente entregado a bandas que hacía muchos años que no lo hacía.

Precisamente, como consecuencia de esta regresión y sumado a que no me van ni los coches ni las motos, caprichos típicos de las crisis de este tipo, durante este año me he sacado entradas para prácticamente todo concierto, festival y evento que he tenido oportunidad.

Así, justo ahora que se me acaba la cifra redonda, me he propuesto hacer balance de lo que ha supuesto este año que, tengo que ser sincero y aunque a veces me queje, no me lo he podido pasar mejor. Voy a intentar contar, en distintas entradas del blog, mis experiencias vividas en todos estos conciertos. No me lo he planteado como una serie de críticas especializadas, porque para eso está la prensa, y tampoco lo voy a hacer por orden cronológico. De hecho, voy empezar por casi el final.

¡Espero que os guste!

Download 2018. All aboard!!!!


El tercer día del festival Download 2018, el sábado 30 de junio, ha sido el día que mejor me lo he pasado en un festival. Probablemente no el mejor concierto individual, pero en conjunto, no tengo la más mínima duda. Al último día de un festival siempre se llega un poco cansado. Además, a finales de junio y para cuando empieza lo bueno, es todavía de día y hace un calor de muerte. Así que de tranqui, pensamos y, aprovechando el momento, nos pasamos por los escenarios pequeños que hasta entonces habíamos pisado poco.

Llegamos para ver acabar a Ego Kill  Talent que, por lo poco que vimos, suenan muy bien. Para cuando terminaron había ya mucho movimiento en el escenario 4, así que nos acercamos. Al principio, observamos curiosos mientras nos informábamos de quien era el siguiente; Crossfaith.

¡Japoneses, toma ya, qué exótico! Muchos nos sonreímos porque, además, acababa de leer en la app del festival que era una de las bandas más  “impresionantes del planeta”. ¡Nada menos!

Pocas ganas, pocas expectativas, una cerveza y a ver a Volbeat, pensé. Por todo esto, no es fácil describir lo que pasó en los siguientes 40 minutos. Quizás el siguiente vídeo os ayude a entenderlo mejor. 




Nos dio igual la hora, el calor y lo que nos quedaba por delante. Sin sabernos ni media canción, acabamos dando botes como locos mientras todo el que pasaba por allí no sólo se quedaba, sino que también empezaba a dar saltos, contagiados por la energía y el buen rollo que desprendían los chicos japoneses. Algunos dicen que el Rock es una actitud, ¡pues Crossfaith  tiene actitud para dar, regalar y aun les sobra! 

Una recomendación. En estos festivales grandes, pasaros por los escenarios pequeños, dad una oportunidad a estas bandas que tienen todas las ganas de comerse el mundo y, encima, se suelen mostrar tan agradecidos como si el favor se lo hicieras tú a ellos. Vamos, igualito que Bullet for my Valentine, aunque ya tendremos tiempo para hablar de eso en otra entrada.

Con una sonrisa en la boca nos fuimos hacia el escenario principal. Volbeat es una banda que le gusta a todo el mundo y no me extraña; divertidos, rápidos, buenas melodías y una voz muy potente. Por ejemplo, mi hija de siete años se sabe el “Fallen” de pe a pa y a mi mujer le encanta “Devil’s bleeding crown”, con la que empezaron el show.


Desde luego no defraudaron, suenan fenomenal y el cantante, Michael Poulsen, está en plena forma. Sonaron grandes temas como “Lola Montez” o “Black rose” hasta acabar con “Still counting”. Lo único malo es que se hizo corto.

Es lo que pasa en los festivales, quitando los cabezas de cartel, los demás no suelen llegar a una hora. Además, en el caso del Download, muchas de las bandas punteras como Volbeat empiezan alrededor de las 20:00. En mi opinión, estos horarios les hacen lucir poco, sobre todo teniendo en cuenta que es un festival que para la 1:30 ya no tiene música en directo. No sé, a lo mejor se podrían replantear los horarios como en otros festivales, donde los directos aguantan hasta las 2:30 o 3:00 de la madrugada.

Según acabó Volbeat, nos movimos un poco encarando al escenario número 2. Enseguida empezó el tercer concierto del día; Judas Priest, otro grupo con solera y clásico donde los haya. No les había vistos nunca y, aunque tampoco puedo decir que sean mis favoritos, sí que tenía muchas ganas de oírles. ¿Quién no tiene en la cabeza su imagen medio sadomaso? Son los reyes del cuero, las tachuelas y los movimientos de cabeza y guitarra acompasados.

Lo primero que me sorprendió fue lo viejo que parece Rob Halford y lo grande que le está la ropa, eso sí, sin faltar la tachuelas, flecos y pinchos. Pese a todo, y no menos chocante teniendo en cuenta su edad, es el buen estado de la voz del cantante que estuvo a muy buen nivel. He de reconocer que no he escuchado mucho los últimos discos de los Judas por lo que para mí, el concierto fue de menos a más, cuando fueron cayendo las canciones de toda la vida. No sé si es porque es mi favorita, pero el “Painkiller” fue increíble. Aquí os dejo un vídeo de la canción como sonó aquel día.


Aprovecho el concierto de los Judas para una pequeña reflexión. El Rock siempre ha sufrido y, desgraciadamente sigue haciéndolo, trágicas pérdidas por excesos de todo tipo, algún crimen y una terrible epidemia de suicidios. Sin embargo ahora nos encontramos con un escenario nuevo, que simplemente consiste en que muchos se están haciendo viejos, muy viejos. Glenn Tipton el guitarrista de Judas ha tenido que dejar la banda por que sufre Parkinson, si bien, es cierto que tuvimos la oportunidad de verle tocar “Metal Gods” con la que le homenajearon en el Download.

Todos sabemos lo que le ha pasado a AC/DC con Malcolm Young o Brian Johnson. Tendremos que acostumbrarnos a estas cosas aunque, lo que me preocupa, es que ahora mismo no veo que haya posibilidades para un verdadero relevo generacional. Mirad los carteles de los grandes festivales donde bandas como Kiss, Scorpions, los propios Judas o Iron Maiden siguen en lo más alto del cartel. No digo que no quiera ir a verles, ¡en absoluto, me encantan!, pero no tengo claro que hoy por hoy tengan un relevo de garantías y tampoco sabemos cuánto les queda en activo.

Hablando de gente que está empezando 😉, nos quedaba todavía Ozzy Osbourne en el horizonte. No sabía que esperar del concierto, porque de Ozzy se puede esperar cualquier cosa. ¿Estará  en forma? ¿Se comerá otro murciélago? ¿Se acordará de que hoy tocaba aquí? ¿Recordará las letras? ¿Será uno de esos días de apoteosis? En fin, después de haber leído tanto sobre él, me esperaba cualquier cosa.

Aun así, tenía buenas sensaciones. El cantante de Avenged Sevenfold ya nos había advertido un par de días antes; “no os perdáis a Ozzy”. Buena señal, aunque después de haber visto a Guns and Roses y la actuación de Axl, tampoco me fiaba del todo. Ozzy tiene, entre suyos propios y con Black Sabbath, una decena de temas que me encantan, por lo que me hubiera conformado con escuchar en directo algunos de ellos. Sin embargo, no me hizo falta conformarme porque nos ofreció un concierto memorable donde pude comprobar lo grande que es él y la banda que le acompaña, en especial, ese monstruo de la guitarra que es Zakk Wylde.


Ahí estaba Ozzy, con esa forma de moverse por el escenario, no mucho tampoco, algo encorvado, con las manos hacia delante y cara de pillo, recordándote un poco a Chiquito de la Calzada. Se ganó a la gente poco a poco, tema a tema, sin prisa pero sin pausa, hasta que la comunión con el público fue total. Quizás sea menos complicado cuando tienes en tu repertorio canciones como “Crazy train”, “Shot in the dark” o “Mr. Crowley” y a esa gente tocando contigo, aunque no se le puede negar que, más o menos predispuestos desde el principio, todos nos fuimos rindiendo al talento del de Birmingham. Para mi gusto, fue el mejor concierto de todo el festival y los hubo muy buenos. 

Me parece muy revelador ver cómo varias generaciones fliparon con el show. Porque allí había gente de edades muy dispares. Yo mismo no había nacido (y me quedaba todavía) cuando Black Sabbath sacó el Paranoid (última canción del concierto, ¡imposible acabar mejor!) y allí estábamos todos, desde setentones hasta adolescentes, coreando el nombre de Ozzy.


Para acabar una anécdota de lo que nos llevamos aquella noche. Después del concierto nos fuimos a comer algo y delante de mí, haciendo cola en el puesto de comida, había un chico de unos veintipocos. Cuando llegó su turno, este le dijo al que atendía aquello:

“Una brocheta de pollo, una de cerdo y ¡viva Ozzy!”

Pues eso, ¡que viva Ozzy!